Cuentos goticos
Cuentos goticos Con la reflexión llegó la sensatez. Despertaríamos sospechas si nos marchábamos sin pagar. Íbamos a pie, y podían darnos alcance fácilmente. Así que nos sentamos al borde de la cama temblando y conversamos mientras al otro lado del patio seguían las risas alegres y los viajeros se iban dispersando lentamente de uno en uno; sus luces pasaban por las ventanas cuando subían las escaleras y se disponían a descansar.
Nos metimos en la cama, abrazándonos fuerte, tan atentas que todo lo oíamos como si creyéramos que nos habían localizado y nos darían muerte en cualquier momento. En la quietud de la noche, justo en el profundo silencio que precede a la llegada del nuevo día, oímos pasos sordos y cautelosos en el patio. Giraron la llave de la puerta, entró alguien en el establo y, más que oírlo, sentimos que él estaba allí. Un caballo se agitó un poco y movió los pies impaciente, luego relinchó en señal de reconocimiento. Quien había entrado susurró algo al animal y lo sacó al patio. Amante corrió a la ventana con silenciosos pasos de gato. Se quedó mirando, sin atreverse a decir nada. Oímos abrirse el portón de la calle y, tras una pausa para montar, el galope del caballo alejándose.
Amante se volvió hacia mí entonces:
—¡Era él! ¡Se ha marchado! —me dijo. Y una vez más nos echamos temblando y tiritando.