Cuentos goticos
Cuentos goticos Esta vez nos dormimos profundamente. Dormimos mucho. Nos despertó un trajín apresurado y voces confusas de mucha gente. Parecía que todos estaban despiertos y en movimiento. Nos levantamos y nos vestimos, y al bajar miramos bien entre la gente que se había congregado en el patio para asegurarnos, antes de abandonar la seguridad del establo, de que él no estaba.
Dos o tres personas se acercaron corriendo al vernos.
—¿Os habéis enterado? ¿Sabéis lo que ha pasado? Esa pobre joven, ay, venid a ver —y deprisa, casi a nuestro pesar, atravesamos el patio y subimos las grandes escaleras del edificio principal de la posada hasta el dormitorio, donde la bella dama alemana, tan llena de brioso orgullo la noche anterior, yacía ahora con la quietud y la palidez de la muerte. La doncella francesa lloraba y gesticulaba a su lado.
—¡Ay, señora! ¡Si me hubierais dejado quedarme! ¡Ay! El barón, ¿qué dirá el barón? —siguió de ese modo. Acababan de descubrir lo que había pasado. Habían creído que dormía hasta tarde por el cansancio. Habían avisado al médico de la ciudad, y el posadero intentaba en vano imponer orden hasta que llegara; tomaba de vez en cuando copitas de brandy, que ofreció también a los huéspedes, que se habían congregado allí todos, igual que los sirvientes en el patio.