Cuentos goticos
Cuentos goticos El señor Higgins asistió a la primera partida de la temporada, no como miembro sino como aficionado. Los cazadores de Barford se ufanaban de ser audaces jinetes; y el conocimiento del terreno era algo innato en ellos; sin embargo, aquel forastero recién llegado, al que nadie conocía, a la hora de la verdad, en el momento de la muerte, estaba allí sentado en su silla, tranquilo y descansado, sin un solo pelo revuelto en la lisa y brillante piel de su montura, dirigiéndose con suma autoridad al viejo cazador que cortaba el rabo del zorro; y aquel viejo, que mostraba sus malas pulgas hasta por la más leve reprimenda de sir Harry y explotaba si cualquier otro miembro de la partida se atrevía a pronunciar una palabra que pudiese parecer una crítica a su experiencia de sesenta años como mozo de cuadra, caballerizo, cazador furtivo y lo que fuese, él, el viejo Isaac Wormeley, escuchaba mansamente las sabias consideraciones de aquel desconocido, lanzando sólo de cuando en cuando una de sus astutas y rápidas miradas, bastante parecidas a las miradas agudas y taimadas del pobre y difunto señor zorro, alrededor del cual aullaban los perros, a los que no amonestaba la corta fusta, ahora metida en la gastada bolsa de Wormeley. Cuando sir Harry entró a caballo en el bosquecillo (lleno de maleza y de hierba húmeda enmarañada), seguido por los miembros de la partida, que iban pasando uno a uno a medio galope, el señor Higgins se quitó la gorra y se inclinó (entre deferente e insolente) con un guiño disimulado ante la expresión desconcertada de algún que otro rezagado.