Cuentos goticos

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Unos dos años después (hacía ya siete que el señor Higgins se había casado), un martes por la noche, el señor Davis estaba sentado leyendo las noticias en el comedor del Hostal George. Pertenecía a un club de caballeros que se reunían allí de vez en cuando a jugar al whist, leer los pocos periódicos y revistas que se publicaban en aquellos tiempos y a conversar sobre el mercado de Derby y los precios en todo el país. Aquel martes por la noche había helada, seca, sin escarcha, y acudieron pocos al local. El señor Davis tenía ganas de terminar un artículo de Gentleman’s Magazine; en realidad estaba copiando algunos extractos porque se proponía escribir una respuesta y sus escasos ingresos no le permitían comprar un ejemplar. Por eso se había quedado hasta tarde; eran más de las nueve y a las diez cerraban el club. Mientras escribía, entró el señor Higgins. Estaba pálido y demacrado por el frío. El señor Davis, que había gozado durante un rato de la exclusiva posesión del fuego, se retiró amablemente a un lado y entregó al recién llegado el único periódico de Londres que se permitía el local. El señor Higgins lo aceptó y comentó algo sobre el frío que hacía, pero el señor Davis estaba demasiado absorto en el artículo, y en la respuesta que se proponía enviar, para entregarse fácilmente a la conversación. El señor Higgins acercó más el asiento a la chimenea y apoyó los pies en el guardafuegos, con un estremecimiento audible. Luego dejó el periódico en la mesa de al lado y se agachó mirando las brasas como si estuviese helado hasta la médula. Finalmente dijo:


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