Cuentos goticos
Cuentos goticos El señor enfermó de una fiebre pútrida; y la señora se contagió cuidándolo y murió. Podéis estar seguros de que Bridget no permitió que la atendiese nadie más que ella, y aquella joven afable apoyó la cabeza y exhaló el último suspiro en los mismos brazos que la habían recibido al nacer. El señor se recuperó, hasta cierto punto. No volvió a estar fuerte, no volvió a tener ánimos para sonreír. Ayunaba y rezaba más que nunca; y contaban que se había planteado deshacer el vínculo de sucesión y destinar todo el patrimonio a fundar un monasterio en el extranjero del que el señorito Patrick debía ser algún día padre reverendo. Pero no pudo hacerlo, por lo riguroso de dicho vínculo y por las leyes contra los papistas. Así que tuvo que conformarse con nombrar tutores de su hijo a caballeros de su propio credo, con muchas instrucciones sobre el alma del muchacho y algunas sobre la hacienda y su administración mientras fuese menor de edad. Y no se olvidó de Bridget, por supuesto. La llamó cuando yacía en su lecho de muerte y le preguntó si prefería que le dejara una suma de dinero o una pequeña anualidad. Ella dijo que prefería el dinero porque pensó en su hija y en que podría dejárselo en herencia, mientras que una anualidad moriría con ella. Así que el señor le cedió de por vida la casita y le dio una buena suma de dinero. Y luego murió, abandonando este mundo con tan buena disposición y ánimo como no creo que lo haya hecho caballero alguno nunca. Los tutores se llevaron al señorito y Bridget se quedó sola.