Hijas y esposas

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VI

NATURALMENTE, antes de la hora del almuerzo, que se servía a la una, la noticia de la inminente partida de la señorita Gibson se había extendido por toda la casa; y la expresión consternada del señor Coxe era fuente de gran irritación interior para el señor Gibson, que no dejaba de dirigir al muchacho penetrantes miradas de airado reproche por su expresión melancólica y su falta de apetito, del que él, además, hacía gala con triste ostentación. Molly no se dio cuenta de nada, pues tenía ya demasiadas preocupaciones en la cabeza para pensar o fijarse en otra cosa; en un par de ocasiones, sin embargo, se dijo que muchos días pasarían antes de que volviera a sentarse a comer con su padre.

Cuando Molly se lo dijo, una vez acabada la comida, y estando los dos sentados en el salón, esperando a oír el carruaje de los Hamley, su padre se rio y dijo:

—Mañana voy a ver a la señora Hamley, y creo que comeré con ellos, de modo que no tendrás que esperar mucho antes de tener el placer de ver cómo le dan de comer a la fiera.

Entonces oyeron acercarse el carruaje.

—Oh, papá —dijo Molly, cogiéndole la mano—. Ahora que llega el momento, desearía tanto no ir…

—Tonterías. No nos pongamos sentimentales y hablemos de cosas prácticas: ¿tienes las llaves?


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