Hijas y esposas

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Sí, Molly tenía las llaves, y el bolso; y su pequeño arcón fue colocado en el asiento del cochero, junto a éste; y su padre le abrió la puerta del carruaje; y la puerta se cerró; y ella se alejó con solitaria solemnidad, volviendo la vista atrás y lanzándole un beso a su padre, que aguardó junto a la verja, a pesar de su aversión al sentimentalismo, hasta que el carruaje se perdió de vista. En ese momento se dirigió a toda prisa al consultorio, y se encontró con que el señor Coxe también había estado pendiente de la partida de Molly, y, de hecho, seguía junto a la ventana, contemplando alelado la carretera vacía por la que la joven acababa de desaparecer. El señor Gibson le sacó de su ensueño con un discurso brusco, casi venenoso, relacionado con un descuido en sus deberes cometido un día o dos antes. Aquella noche el señor Gibson insistió en pasar por casa de una pobre chica postrada en el lecho, y cuyos padres estaban exhaustos tras muchas noches en vela y en angustia.







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