Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Molly lloró un poco, pero contuvo las lágrimas en cuanto recordó cómo se habría enfadado su padre si hubiera podido verlas. Era agradable ir a tanta velocidad en aquel carruaje tan lujoso, a través de aquellos caminos tan verdes, en cuyos setos tanto abundaban los primeros escaramujos y madreselvas; y más de una vez se sintió tentada de pedirle al cochero que parara y poder así recoger un ramillete. Empezó a sentir aprensión por el final de aquel viaje de casi diez kilómetros; los únicos inconvenientes eran que los cuadros de su vestido no serían escoceses auténticos, y que no se fiaba mucho de la puntualidad de la señorita Rose. Al final llegaron a una aldea; había algunas casitas dispersas junto a la carretera, y una vieja iglesia que se erguía sobre una especie de prado, junto a la taberna; había un gran árbol, con un banco que rodeaba el tronco, a mitad de camino entre las puertas de la iglesia y la pequeña posada. Junto a las puertas de la ciudad se veía el cepo de madera para los reos. Hacía ya tiempo que Molly había rebasado los confines de sus paseos a caballo, pero sabía que ésa debía ser la villa de Hamley, y que debían de estar muy cerca de la mansión.





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