Hijas y esposas

Hijas y esposas

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En pocos minutos cruzaron las puertas del parque y atravesaron una pradera, con el heno ya maduro (no había el parque de ciervos típico de las grandes mansiones aristocráticas), y llegaron a la vieja mansión de ladrillo rojo; no estaba ni a trescientos metros del camino. No habían enviado lacayo con el carruaje, pero un respetable criado esperaba en la puerta, aun antes de que llegaran, a punto para recibir a la esperada visitante y hacerla pasar al salón, donde la aguardaba la dueña de la casa.

La señora Hamley se levantó del sofá para darle a Molly una amable bienvenida; conservó la mano de la muchacha entre las suyas una vez hubo acabado de hablar, y la miró a la cara, como si la estudiara, inconsciente del leve rubor que producía en aquellas mejillas habitualmente pálidas.

—Creo que seremos grandes amigas —dijo por fin—. Me gusta tu cara, y siempre me dejo guiar por la primera impresión. Dame un beso, querida.

Resultaba más fácil ser activa que pasiva en el proceso de «jurar eterna amistad», y Molly besó de buena gana aquella cara amable y pálida que le ofrecían.

—Mi intención era venir a recogerte yo misma; pero el calor me ahoga, y al final no me sentí con ánimos. Espero que hayas tenido un viaje agradable.

—Mucho —dijo Molly con tímida concisión.


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