Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—No. En casa nunca hablo de mis pacientes. Además, no quería que me considerara su médico, sino su amigo. Cualquier alarma respecto a su salud sólo habría servido para precipitar la catástrofe.

—Entonces ¿no sabía que estaba enfermo… que tenía una dolencia grave, quiero decir, que podía acabar con su vida?

—No, desde luego que no. Lo único que habría conseguido es que estuviera más atento a los síntomas… y habría acelerado el desenlace.

—¡Oh, papá! —dijo Molly, indignada.

—No tengo tiempo para entrar en detalles —prosiguió el señor Gibson—. Y hasta que no se sabe lo que tienen que decir ambas partes, sea cual sea el caso, uno no está calificado para juzgar. Ahora tenemos que centrar nuestra atención en los deberes más inmediatos. Dormirás aquí las pocas horas que quedan de esta noche.

—Sí, papá.

—Prométeme que te irás a la cama sin resistirse. Puede que no te lo creas, pero lo más probable es que te duermas enseguida. A tu edad suele ocurrir.


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