Hijas y esposas
Hijas y esposas —PAPÁ, creo que debería decirte algo. Sé un importante secreto de Osborne, que prometí solemnemente no revelar; pero la última vez que le vi creo que temía que algo así ocurriera. —Un arrebato de llanto se apoderó de ella, y su padre temió que acabara en histeria. Pero de pronto se controló y, mirando la ansiosa cara de su padre, sonrió para tranquilizarle—. No he podido evitarlo, papá.
—Lo sé. Sigue con lo que me estabas diciendo. Tendrías que estar en la cama; pero, si te ronda algún secreto, no te dormirás.
—Osborne estaba casado —dijo ella, mirando de hito a su padre—. He aquí el secreto.
—¡Casado! Pamplinas. ¿Qué te hace pensar eso?
—Él me lo contó. Es decir, yo estaba en la biblioteca, leyendo… hace mucho tiempo; y Roger entró para hablar con Osborne de su mujer. Roger no sabía que yo estuviera ahí, pero sí Osborne. Me hicieron prometer que guardaría el secreto. No creo haber hecho mal.
—No te preocupes ahora por si hiciste bien o mal; sigue contándome.