Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—No lo sé; no tengo derecho a decirlo —contestó Molly, que poco comprendía los motivos de Cynthia, los cuales, después de todo, en este caso no eran más que un impulso—. Papá podría decidirlo; creo que, quizá, es mejor que no vengas. Pero no hagas caso de lo que yo te diga, sólo puedo decirte lo que yo haría en tu lugar.

—Lo decía más que nada por ti, Molly —dijo Cynthia.

—¡Oh, entonces no vengas! Hoy estoy muy cansada por no haber dormido; pero mañana me encontraré bien; y no me gustaría que por mí fueras a esa casa en un momento tan solemne.

—Muy bien —dijo Cynthia, casi contenta de que su impulsiva propuesta hubiese sido rechazada; pues se dijo a sí misma: «En fin de cuentas, habría sido una situación incómoda». Molly volvió a Hamley Hall sola, pues, preguntándose en qué estado se encontraría al señor hidalgo, qué habría descubierto éste entre los papeles de Osborne, y a qué veredicto habría llegado.




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