Hijas y esposas

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Y empezó a leerlo. A Molly no le absorbió mucho la lectura, así que se dedicó a observar la habitación. El mobiliario era muy parecido al de la suya. Anticuado, de material noble, e inmaculadamente limpio; su antigüedad y aire extranjero daban un aire de comodidad y pintoresquismo a toda la estancia. De una de las paredes colgaban unos dibujos al carboncillo: retratos. Molly se dijo que uno de ellos guardaba cierto parecido con la señora Hamley, cuando era más joven y hermosa. A continuación comenzó a interesarse en el poema, y dejó la costura, y escuchó compartiendo la emoción que la señora Hamley comunicaba a la lectura. Al acabar, ésta respondió a las palabras de admiración de Molly diciendo:

—Ah, creo que un día de éstos te leeré algunos poemas de Osborne; será nuestro secreto, recuérdalo; pero en mi opinión son tan buenos como algunos de los de la señora Hemans.

En aquella época, decir que un poeta era casi tan bueno como la señora Hemans era como compararlo, en la nuestra, con Tennyson. Molly alzó la mirada con un profundo interés.

—¿Se refiere al señor Osborne Hamley? ¿Su hijo escribe poesía?


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