Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—¡Vaya! —dijo Molly, cuando su padre dejó de hablar.

—Vaya, ¿qué? —preguntó su padre, en tono de broma.

—Oh, bueno, tantas cosas. Llevo todo el día esperando a que me lo contaras todo. ¿Cómo está Roger?

—Si es posible que un joven de veinticuatro años siga creciendo, pues yo diría que se le ve más alto. De hecho, imagino que simplemente se le ve más ancho, más fuerte… más musculoso.

—¡Oh! ¿Así que ha cambiado? —dijo Molly, con cierta inquietud.

—No, no ha cambiado; y sin embargo no es el mismo. Para empezar, está moreno como el café; creo que se le ha contagiado un poco el negro de los nativos, y lleva una barba tan elegante y larga como la cola de mi yegua.

—¡Barba! Pero sigue contándome, papá. ¿Habla igual que antes? Reconocería su voz entre mil.

—No he notado que se le pegara el acento de los hotentotes, si a eso te refieres. Y tampoco ha dicho: «Hay que ver cómo se parecen Cayo y Pompeyo, sobre todo Pompeyo», que es la única frase en el idioma de los negros que recuerdo en este momento[66].


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