Hijas y esposas

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Y ocurrió que, aquel día, el señor Gibson estuvo más ocupado de lo habitual, y no regresó hasta última hora de la tarde. Pero Molly no abandonó su puesto en el salón, ni siquiera para echar su siesta habitual, tan ansiosa estaba de conocer todos los detalles del retorno de Roger, que seguía pareciéndole casi increíble. Pero en realidad era muy natural; la prolongada monotonía de su enfermedad le había hecho perder la noción del tiempo. Cuando Roger partió de Inglaterra, su idea era ir bordeando África por la costa oriental hasta ciudad del Cabo; y desde allí emprender cualquier otra expedición que creyera conveniente para sus objetivos científicos. En Ciudad del Cabo le llegaron las cartas que le habían enviado; y allí, hacía dos meses, se había enterado de la muerte de Osborne y había recibido la precipitada carta de Cynthia rompiendo el compromiso. No consideró que obrara mal al regresar a Inglaterra de inmediato, e informó a los caballeros que le habían enviado, explicándoles los pormenores relacionados con la boda secreta de Osborne y su repentina muerte. Les propuso, y su proposición fue aceptada, emprender otra expedición científica por un período que sus patrocinadores consideraran equivalente a los cinco meses que aún le quedaban de contrato. Todos ellos eran terratenientes, y comprendían lo importante que era probar que su hermano mayor estaba casado, y pudiera considerarse así a su hijo heredero natural de unas tierras que habían ido pasando de padres a hijos desde tiempos inmemoriales. Todo esto, aunque de forma más condensada, fue lo que el señor Gibson le contó a Molly en pocos minutos. Incorporada en el sofá, se la veía muy guapa, la mejillas arreboladas y un brillo en la mirada.


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