Hijas y esposas
Hijas y esposas —No te preocupes, Molly. Mamá sólo está enfadada porque el señor… porque no me he prometido con cierto caballero.
—SÃ, y estoy segura de que podrÃas haberlo conseguido… ¡Por eso eres una ingrata! No soy tan injusta como para querer que hagas lo que no quieres hacer —dijo la señora Gibson, quejumbrosa.
—Pero ¿dónde está la ingratitud, mamá? Me siento muy cansada, y quizá eso estoy un poco atontada; pero no veo la ingratitud por ninguna parte. —Cynthia hablaba con desgana, la cabeza apoyada en los cojines del sofá, como si le diera igual que le hablaran.
—Bueno, ¿es que no ves que estoy haciendo lo que puedo por ti? ¿Qué te visto bien, te envÃo a Londres? Y, cuando se te presenta la oportunidad de compensarnos por esos gastos, la desaprovechas.
—¡No! Yo hablaré, Cynthia —dijo Molly, roja de indignación, apartando la mano que ésta interponÃa para que se callara—. Estoy segura de que papá no lamenta, ni le importa en absoluto, el dinero que gasta en sus hijas. Y sé a ciencia cierta que no desea que nos casemos a menos que… —Vaciló y calló.
—¿A menos qué? —dijo la señora Gibson, con cierta ironÃa.
—A no ser que estemos muy enamoradas de alguien —dijo Molly en voz baja, pero firme.