Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Bueno, después de esta perorata, del todo carente de delicadeza, debo decir, se ha acabado. No pienso ayudaros ni aconsejaros más en vuestros asuntos amorosos, jovencitas. En mi juventud agradecíamos los consejos de los mayores. —Y salió de la sala para poner en práctica la idea que acababa de ocurrírsele: escribirle una carta a la señora Kirkpatrick relatándole su versión del «desdichado compromiso» de Cynthia y de su «melindrosa idea del honor», insinuando su completa indiferencia por la facción masculina del mundo, aunque excluyendo hábilmente al señor Henderson de esa categoría.

—¡Oh, querida! —dijo Molly, reclinándose en su butaca con un suspiro de alivio, en cuanto salió la señora Gibson—. Qué poco me cuesta enfadarme desde que he estado enferma. Pero no podía soportar que diera a entender que papá te reprochaba nada.








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