Hijas y esposas
Hijas y esposas —Sé perfectamente cómo es tu padre, Molly. No es necesario que lo defiendas. Pero lamento mucho que mamá siga viéndome como «una carga», tal como llaman los anuncios del Times a los niños más desafortunados. Pero toda la vida he sido una carga para ella. Y ya no puedo más, Molly. Voy a probar suerte en Rusia. He oÃdo que hay un puesto de institutriz en Moscú, en casa de una familia que posee grandes extensiones de tierra y centenares de siervos. TodavÃa no he escrito para solicitar el puesto; pero asà me iré de aquà lo mismo que si me hubiera casado. ¡Oh, querida! Viajar toda la noche no es algo que te levante el ánimo, precisamente. ¿Cómo está el señor Preston?
—Oh, ha comprado Cumnor Grange, a unos cinco kilómetros de aquÃ, y ya no asiste a las veladas de Hollingford. Un dÃa le vi por la calle, y no sé cuál de los dos puso más empeño en no cruzarse con el otro.
—TodavÃa no has dicho nada de Roger.
—No; no sabÃa si querrÃas saber de él. Parece mucho mayor; aunque se le ve robusto, todo un hombre. Y papá dice que está mucho más serio. Pregúntame lo que quieras, aunque sólo le he visto una vez.
—TenÃa la esperanza de que ya se hubiera ido del condado. Mamá dijo que iba a volver a viajar.
—No lo sé —dijo Molly—. Supongo que ya sabes —añadió, aunque titubeando un poco antes de hablar— que quiere volver a verte.