Hijas y esposas
Hijas y esposas —¡No! No sabÃa nada. Ojalá se hubiese quedado satisfecho con mi carta. No pude hablarle más claro. Si digo que no pienso verle, ¿qué voluntad crees que será más fuerte, la suya o la mÃa?
—La suya —dijo Molly—. Pero has de verle; se lo debes. De lo contrario, no se quedará satisfecho.
—Imagino que querrá convencerme de que reanudemos el compromiso. Yo no dudarÃa en volver a romperlo.
—Pues si estás decidida, no creo que pueda convencerte. ¿O acaso no lo estás, Cynthia? —preguntó Molly, y su expresión delataba cierta ansiedad.
—Estoy decidida. Me iré a dar clases a niñas rusas, y no pienso casarme con nadie.
—No hablas en serio, Cynthia. Y sin embargo, es una cosa muy seria.
Pero Cynthia se enfurruñó, insensible a la razón o a la sensatez.