Hijas y esposas

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LVI

A la mañana siguiente se vio a la señora Gibson mucho más contenta. Había escrito y remitido su carta, y el siguiente paso consistía en hacer entrar en razón a Cynthia, o, en otras palabras, en engatusarla para que se mostrara dócil. Pero podía habérselo ahorrado. Antes de bajar a desayunar, Cynthia ya había recibido una carta del señor Henderson: una declaración de amor, una propuesta de matrimonio que no podía ser más clara; junto con la insinuación de que, incapaz de esperar las idas y venidas del correo, presentarse en Hollingford en persona, en la misma diligencia en que había llegado ella el día antes. Cynthia no comentó la carta con nadie. Bajó tarde a desayunar, después de que el señor y la señora Gibson terminaran; pero la tardanza se achacó a que había pasado la noche anterior viajando. Molly aún no estaba lo bastante fuerte para levantarse temprano. Cynthia apenas habló, y no tocó la comida. El señor Gibson se fue a sus quehaceres cotidianos y Cynthia y su madre se quedaron solas.

—Querida —dijo la señora Gibson—, no has tomado nada. Me temo que nuestras comidas te parecen sencillas y vulgares, después de las que te servían en Hyde Park Street.

—No —dijo Cynthia—. No tengo hambre, y ya está.


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