Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Si fuésemos tan ricos como tu tío, consideraría un deber y un placer servir una mesa tan pródiga como la suya; pero nuestros posibles son limitados, y eso supone un obstáculo a mis deseos. No imagines que, por mucho que trabaje, el señor Gibson va a ganar más de lo que gana ahora; mientras que las posibilidades que se le abren a un abogado son ilimitadas… ¡Lord Chancellor! ¡Títulos a la par que fortuna!

Cynthia estaba demasiado absorta en sus propias reflexiones para contestar, pero dijo:

—También hay cientos de abogados sin pleitos. Míralo desde este punto de vista, mamá.

—Sí, pero he observado que entre éstos hay muchos que tienen fortuna propia.

—Es posible. Mamá, espero la llegada del señor Henderson esta mañana.

—¡Oh, preciosa chiquilla! Pero ¿cómo lo sabes? Mi querida Cynthia, ¿debo felicitarte?

—No. Imagino que debo contártelo. Esta mañana he recibido carta de él, y llega en el Umpire.

—Pero ¿se te ha declarado? En todo caso, supongo que viene a pedir tu mano.

Cynthia jugó con la cucharilla del té antes de responder; a continuación levantó la mirada, como si la acabaran de despertar de un sueño, y captó el eco de la pregunta de su madre.

—¡Declararse! Sí, eso creo.


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