Hijas y esposas

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LVII

TODO Hollingford acudió a felicitar a la familia y a interesarse por los pormenores. Algunos, de hecho —la señora Goodenough estaba a la cabeza de los descontentos—, vieron defraudadas sus esperanzas de disfrutar de un hermoso espectáculo, pues Cynthia se casaba en Londres. Incluso lady Cumnor se puso en acción. Ella, que apenas visitaba a nadie «fuera de su propia esfera», que sólo había ido a ver a «Clare» una vez a su casa, fue a darle su particular enhorabuena. Una mañana, María apenas tuvo tiempo de subir corriendo a la salita y anunciar:

—Señora, el carruaje de las Towers acaba de entrar por la verja, y en él va la condesa.

No eran más que las once, y la señora Gibson se habría indignado si un plebeyo se hubiera atrevido a visitarla a una hora tan intempestiva, pero, en el caso de la nobleza, las reglas de la moralidad doméstica eran más relajadas.

La familia esperó «en posición de firmes», por así decir, hasta que lady Cumnor apareció en el salón; entonces hubo que acomodarla en la mejor butaca, y matizar la luz antes de dar comienzo a la conversación. Ella fue la primera en hablar; y lady Harriet, que había empezado a decirle algo a Molly, calló en el acto.


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