Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Llegó puntual al comedor y se puso a recorrerlo con la mirada, como si deseara aprender a sentirse como en casa en su nueva residencia. La estancia tendría unos doce metros de largo, y las cortinas y la tapicería, de satén amarillo, delataban una edad provecta; abundaban las sillas altas de patas ahusadas y las mesas Pembroke. La alfombra era de la misma fecha que las cortinas: en muchas zonas estaba raída, y en otras cubierta con toscas alfombrillas indias. Había veladores con plantas, grandes jarrones de flores, antigua porcelana india y vitrinas que le daban a la habitación el aspecto agradable que sin duda tenía. A lo que había que añadir, además, cinco altos ventanales en un lado de la sala, todos ellos con vistas a la zona de flores del jardín: macizos de vivos colores geométricamente dispuestos que convergían en mi reloj de sol dispuesto en el centro. El hidalgo entró abruptamente con un atavío de la mañana; se quedó junto a la puerta, como si le sorprendiera ver a aquella desconocida vestida de blanco dueña y señora de su hogar.







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