Hijas y esposas
Hijas y esposas —Alabado sea Dios, me había olvidado de usted; es la señorita Gibson, ¿verdad? ¿Ha venido a pasar un tiempo con nosotros? Me alegro de verla, querida. —En aquel momento se hallaban los dos en medio del aposento, y él estrechaba la mano de Molly con vehemente cordialidad, como para compensar el hecho de no haberla reconocido enseguida—. Debo ir a vestirme —dijo, mirando sus polainas sucias—. A la señora le gusta. Es una de las finas costumbres que se trajo de Londres, y al final me la ha contagiado. Pero me parece muy buena idea, esa de vestirse para estar a tono en compañía de las señoras. ¿Su padre se viste para cenar, señorita Gibson?
No se quedó a esperar su respuesta, sino que se alejó a toda prisa para hacer su toilette.