Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Bueno, señora Gibson, supongo que debo felicitarla por la boda de Cynthia; también debería ofrecerle mis condolencias, pues ha perdido una hija; aunque no creo que sea usted de esas madres que se pasan el día lamentándolo.

Como la señora Gibson no estaba segura de sí era meritorio o no ser «de esas madres», no supo exactamente qué responder.

—¡La querida Cynthia! —dijo por fin—. ¡Cómo no alegrarse de su felicidad! Y sin embargo… —Acabó la frase con un suspiro.

—Sí. Siempre fue una joven con muchos pretendientes; pues, a decir verdad, no vi criatura más hermosa en mi vida. Y con más motivo necesitaba a alguien que supiera guiarla. Y me alegro muchísimo de que le haya ido tan bien. Dicen que el señor Henderson tiene una buena fortuna, aparte de lo que gana ejerciendo la abogacía.

—¡Lo único que hay que temer es que mi Cynthia no tenga todo lo que este mundo puede ofrecerle! —dijo la señora Gibson con dignidad.


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