Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—¡Bueno, bueno! Siempre la he apreciado mucho; y, como le estaba diciendo el otro día a mi nieta aquí presente —pues la acompañaba una joven que tenía en perspectiva ver pronto su propia tarta nupcial—, nunca fui de las que la tacharon de coqueta y calabacera. Me alegro de saber que le ha ido tan bien. Y me imagino que ahora estará pensando en el futuro de la señorita Molly.

—Si con eso quiere dar a entender que voy a hacer lo que pueda para que se case pronto, y verme privada de una muchacha que es como mi propia hija, está muy equivocada, señora Goodenough. Y recuerde que nunca he sido casamentera. Cynthia conoció al señor Henderson en casa de sus tíos de Londres.

—¡Vaya! Creía que su prima pasaba mucho tiempo enferma, y necesitaba que la cuidaran, y que usted se ofreció a que ella le hiciera compañía. Sólo aludía lo que es el deber de toda madre; sólo hablaba a favor de la señorita Molly.

—Gracias, señora Goodenough —dijo Molly, medio enfadada, medio riendo—. Cuando quiera casarme, no molestaré a mamá. Yo misma me encargaré de buscar marido.


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