Hijas y esposas
Hijas y esposas —Creo que yo también podré ir unos cuantos dÃas, si me lo permites, mamá; y traeré a Grace, pues se la ve bastante pálida y enclenque; me temo que crece demasiado deprisa. Espero que no te aburras.
—Querida —dijo lady Cumnor incorporándose—, ¡me darÃa vergüenza aburrirme con mis recursos, y mis deberes con los demás y conmigo misma!
De modo que el plan, tal como se acordó, fue comunicado a lord Cumnor, quien lo aprobó sin reparos, como hacÃa siempre con los proyectos de su mujer. En realidad, consideraba que lady Cumnor era de carácter demasiado laborioso, aunque siempre hablara con admiración de las palabras y hechos de su mujer, y se jactara de su sabidurÃa, sus obras benéficas, su energÃa y dignidad, como si con ello reforzara su propia naturaleza, más débil.
—¡Muy bien, muy bien, estupendo! ¡Clare irá a las Towers! ¡MagnÃfico! ¡Ni yo mismo lo habrÃa planeado mejor! Yo llegaré el miércoles, a tiempo para el jolgorio del jueves. Ese dÃa siempre disfruto; esas buenas señoras de Hollingford son tan amables, tan cordiales… Luego pasaré un dÃa con Sheepshanks, y quizá me llegue hasta Ashcombe a ver a Preston. ¡Brown Jess puede hacerlo en un dÃa, seguro, son veintiocho kilómetros! Pero luego hay que volver a las Towers. ¿Cuánto es eso, cincuenta?
—Cincuenta —dijo lady Cumnor con brusquedad.