Hijas y esposas

Hijas y esposas

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LA señora Kirkpatrick aceptó contentísima la invitación de lady Cumnor. Era lo que llevaba tiempo deseando, aunque sin muchas esperanzas, pues creía que la familia aún pasaría una temporada más en Londres. Cumnor Towers era una casa agradable y lujosa para pasar unas vacaciones; y aunque no era persona que hiciera planes minuciosos, ni con gran antelación, era consciente del prestigio que poder decir que había estado con «la querida lady Cumnor» en las Towers supondría para ella y para su escuela a los ojos de muchas personas; por lo que, muy satisfecha, se dispuso a viajar a Cumnor Towers el 17. No necesitaba mucha ropa; y de haber sido así, tampoco habría tenido demasiado dinero para ir de compras. Era una mujer guapa y elegante, y sabía llevar con donaire sus trajes gastados; y por gusto, más que por ningún sentimiento profundo, perseveraba en ponerse los delicados tonos —violetas y grises— que, combinados con cierto toque de negro, constituyen un medio luto. Era un estilo de vestimenta que supuestamente llevaba en memoria del señor Kirkpatrick, pero en realidad lo hacía porque resultaba distinguido y económico. Su hermoso pelo era de ese intenso castaño que jamás se vuelve gris; y en parte por ser consciente de su belleza, y en parte porque lavar los sombreros resultaba caro, nunca llevaba nada en la cabeza; su tez poseía los vivos tonos que a menudo acompañan a los cabellos que en otro tiempo fueron rojos; y el único perjuicio que la edad había llevado a su piel era un color más brillante que delicado, y que variaba menos a cada emoción pasajera. Era ya incapaz de ruborizarse, y a los dieciocho había estado muy orgullosa de sus rubores. Tenía los ojos claros, grandes, de color azul porcelana; no había mucha expresión ni sombra en ellos, debido quizá al color rubio de sus pestañas. Su figura era un poco más redondeada que antes, pero sus movimientos seguían siendo tan suaves y sinuosos como siempre. En conjunto, aparentaba menos edad de la que tenía, que no andaba lejos de los cuarenta. Tenía una voz muy agradable, y leía en voz alta de manera correcta y clara, algo que agradaba a lady Cumnor. De hecho, y por alguna razón inexplicable, lady Cumnor la apreciaba más que ningún otro miembro de la familia, aunque todos, hasta cierto punto, le tuvieran cariño, y les pareciera útil y agradable tener en casa a alguien tan familiarizado con sus ritos y costumbres; siempre dispuesta a hablar, cuando se requería un poco de conversación; siempre a punto para escuchar, y a escuchar con tolerable inteligencia, si no se hablaba de libros serios y densos, ni de ciencia, política, o economía social. Pero, en materia de novelas y poesía, viajes y chismorreos, detalles personales o anécdotas de un tipo u otro, siempre hacía exactamente los comentarios que se esperaban de un interlocutor bien dispuesto; y, cuando se hablaba de cosas abstrusas, tenía el buen juicio de ceñirse a esas breves expresiones de asombro, admiración y perplejidad que pueden significar cualquier cosa.


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