Hijas y esposas
Hijas y esposas Para una pobre maestra de escuela de escaso éxito, resultaba muy halagüeño dejar su casa, llena de muebles viejos y estropeados (había adquirido la clientela y el mobiliario de su predecesora en una tasación, dos o tres años antes), donde la vista era sórdida y la vecindad triste, como ocurre a menudo en las calles más pequeñas de una población rural, y atravesar Towers Park en el lujoso carruaje enviado para recogerla; apearse con la certeza de que los competentes criados se encargarían de sus bolsas y paraguas, de su parasol, de su capa, sin tener que cargar personalmente con todos esos objetos, como había tenido que hacer aquella mañana, mientras seguía la carretilla que transportaba su equipaje hasta la estación de coches de Ashcombe; subir las escaleras tupidamente alfombradas que conducían a la habitación de milady, deliciosamente fresca, aun en aquel día bochornoso, y fragante gracias a los grandes jarrones de flores recién cogidas de todos los matices y colores. Había dos o tres novelas nuevas, aún intactas, sobre la mesa; los periódicos, las revistas. Todos los asientos eran butacas de uno u otro tipo, y todas cubiertas de zaraza francesa que imitaba las flores del jardín. Conocía bien el dormitorio que todos llamaban «el de Clare», al que pronto fue acompañada por la doncella de lady Cumnor. Aquella mansión era más su hogar que la lúgubre casa que había dejado aquella mañana, y le parecía de lo más natural apreciar las exquisitas colgaduras de armoniosos colores, y la fina ropa de cama y las suaves telas. Se sentó en la butaca que había junto a la cama y meditó sobre su destino más o menos de esta guisa: