Hijas y esposas
Hijas y esposas «Cualquiera diría que es algo muy fácil decorar un espejo así con muselina y cintas rosa y, sin embargo, ¡qué difícil es conservarlo así! La gente no lo sabe hasta que lo intenta. Decoré mi propio espejo lo mejor que supe cuando llegué a Ashcombe, pero la muselina se ensució, y las cintas rosa perdieron el color, y es siempre tan difícil ganar dinero para cambiarlas; y, cuando se tiene el dinero, no se tiene ánimo para gastarlo de inmediato. Una piensa y repiensa cómo sacarle el mejor provecho; y un nuevo vestido, o un día de diversión, o una fruta de invernadero, o un detalle elegante que luzca en el salón, ya es todo un éxito, y adiós a los espejos bellamente decorados. Aquí, en cambio, el dinero es como el aire que respiran. Nadie pregunta ni sabe cuánto cuesta lavar, ni a cuánto va el metro de cinta rosa. ¡Ah, qué distinto sería si tuvieran que ganarse cada penique, como yo! Tendrían que calcular, igual que hago yo, cómo sacarle el máximo provecho a todo. Me gustaría saber si voy a seguir toda mi vida esforzándome para obtener cada penique. No es natural. El matrimonio es lo natural; que el marido haga el trabajo sucio, y la mujer se siente en el salón como una señora. Eso hacía yo cuando el pobre Kirkpatrick estaba vivo ¡Hay que ver, qué triste es ser viuda!».