Hijas y esposas

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—Es un alivio dejar a milady contigo, pero no te dejes engañar por su comportamiento. No dejará entrever que está enferma hasta que no pueda evitarlo. Consúltalo con Bradley. —Era la «asistenta» de lady Cumnor: a ella le desagradaba el término entonces en boga de «doncella»—. Y si fuera tú, mandaría venir a Gibson… con cualquier pretexto. —Y entonces recordó la idea que había tenido en Londres, y se repitió que ella y Gibson harían buena pareja, por lo que no pudo evitar añadir—: Hazle venir para que te visite a ti, es un hombre muy simpático. Lord Hollingford dice que por aquí no hay otro como él, y mientras habla contigo, que vea cómo está milady, si le parece que realmente está enferma. Y hazme saber lo que te diga.

Pero Clare era igual de cobarde que lord Cumnor a la hora de hacer algo que lady Cumnor no hubiese ordenado expresamente. Sabía que podía caer en desgracia si mandaba llamar al señor Gibson sin autorización directa, que cabía la posibilidad de que nunca volvieran a invitarla a la mansión; y la vida allí, monótona en su lujoso discurrir, era muy de su gusto. Lo que hizo fue trasladarle a Bradley el deber que lord Cumnor le había impuesto a ella.

—Señora Bradley —dijo un día—, ¿no le preocupa un poco la salud de milady? Lord Cumnor la encontró cansada y enferma.


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