Hijas y esposas

Hijas y esposas

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VII

LA señora Kirkpatrick leyó en voz alta, hasta que lady Cumnor se quedó dormida, el libro apoyado sobre la rodilla. Miraba por la ventana, sin ver los árboles del parque, ni las colinas que se atisbaban tras ellos, sino pensando en lo bien que estaría volver a tener un marido, alguien que trabajara mientras ella se sentaba en la elegante comodidad de un salón bellamente amueblado; y no tardó en investir a ese imaginario sostén de la familia con los rasgos del médico rural. En ese momento llamaron a la puerta, y casi antes de que pudiera levantarse, entró el objeto de sus pensamientos. Notó que se ruborizaba, y el darse cuenta de ello no le desagradó. Fue a recibir al recién llegado al tiempo que señalaba a milady, dormida.

—Muy bien —dijo él en voz baja, con una mirada profesional a la figura que dormía—. ¿Puedo hablar con usted un minuto en la biblioteca?

«¿Estará pensando en declararse?», se dijo ella, con una repentina palpitación y totalmente dispuesta a aceptar a un hombre a quien una hora antes simplemente consideraba dentro de la categoría de hombres casaderos.


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