Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Pero él sólo deseaba plantearle dos cuestiones médicas; a la señora Kirkpatrick le pareció que las preguntas fueron muy rápidas, y la conversación de muy poco interés para ella, por muy instructiva que pudiera ser para él. Ignoraba que el señor Gibson se había decidido por fin a declararse mientras ella hablaba (y respondía a sus preguntas con tantas palabras), pero el galeno tenía la costumbre de separar el grano de la paja; y la voz de ella era tan suave, su acento tan encantador, que el señor Gibson, en contraste con el marcado acento rural que oía continuamente, la encontró enormemente de su agrado. También comprobó que los armoniosos colores de su vestido, sus lentos y garbosos movimientos, apaciguaban sus nervios del mismo modo que el ronroneo de un gato actúa de sedante sobre algunas personas. Empezaba a pensar que sería afortunado si pudiera conquistarla. El día anterior había dado más importancia a que fuera una buena madre para Molly; pero hoy la veía más como mujer y esposa. El recuerdo de la carta de lord Cumnor hacía que ella estuviera muy atenta a la reacción del médico; deseaba atraer, y espera estar consiguiéndolo. Sin embargo, durante un rato sólo hablaron del estado de salud de la condesa; a continuación cayó un venturoso chaparrón. Al señor Gibson poco le importaba la lluvia, pero fue una excusa para quedarse un poco más.

—Menudo tiempecito —dijo él.


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