Hijas y esposas

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—Le dije a Phoebe el año pasado —comentó su hermana— que estaba segura que se trataba sólo de un descuido por parte de la condesa, y que ésta se sentiría realmente afligida en cuanto se diera cuenta de que Phoebe no estaba entre las invitadas. Pero Phoebe es muy puntillosa, ya lo sabe, señor Gibson, y, a pesar de todo lo que le dije, no fue. Se quedó en casa y a mí me estropeó el día, se lo aseguro, pues mientras estaba en la mansión no dejaba de ver su cara al otro lado de la ventana mientras yo me alejaba. Tenía los ojos llenos de lágrima, puede creerme.

—En cuanto te fuiste me entró una buena llorera, Sally —dijo la señorita Phoebe—, pero, a pesar de todo, creo que hice bien en no ir a un sitio donde no me habían invitado. ¿No cree, señor Gibson?

—Desde luego —dijo el médico—. Y ya ve que este año va a ir. Además, el año pasado llovió.

—Sí, me acuerdo. Me puse a arreglar los cajones para serenarme. Y tan absorta estaba en lo que hacía que me sobresalté cuando empecé a oír la lluvia golpeando los cristales. «Dios mío —recuerdo que pensé—. ¿Qué será de los zapatos de satén blanco de mi hermana si ha de andar sobre la hierba empapada después de una lluvia así?». Pues me había ocupado de que tuviera un par de zapatos de lo más elegantes. Y este año, para mi sorpresa, va y me compra un par de zapatos de satén blanco igual de elegantes.


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