Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—A recoger mi red. Está llena de cosas que no quiero perder. Además, por lo general, nunca como mucho. —Era la verdad, pero no toda. Pensaba que más valía dejarlas solas. Su madre poseía la dulce cualidad de la compasión y, si nadie las molestaba, conseguiría arrancar el aguijón que hería el corazón de la muchacha. En cuanto se hubo ido Roger, Molly levantó los ojos hinchados y, mirando a la señora Hamley, dijo:

—Ha sido muy bueno conmigo. No pienso olvidar nada de lo que me ha dicho.

—Me alegra oírlo, querida, me alegra mucho. Por lo que me ha contado, temí que te hubiera soltado una conferencia. Tiene buen corazón, pero carece de la ternura de Osborne. A veces Roger es un poco tosco.

—Entonces me gusta la tosquedad. Me ha hecho bien. Gracias a él me he dado cuenta de lo mal que… Oh, señora Hamley, esta mañana me porté tan mal con papá…

Se levantó, se arrojó a los brazos de la señora Hamley y sollozó sobre su pecho. Su aflicción no procedía ahora de que su padre se fuera a casar, sino de su mal comportamiento.


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