Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Si Roger no era tierno de palabras, sí lo era de actos. Aunque la pena de Molly le había parecido irracional y posiblemente exagerada, había visto en ella auténtico sufrimiento, y se había esforzado en aliviarla a su manera, por peculiar que fuera ésta. Aquella noche ajustó el microscopio, y dispuso los pequeños tesoros que había recogido en su paseo matinal sobre una pequeña mesa; y a continuación le pidió a su madre que fuera a admirarlos. Por supuesto, Molly también fue, pues eso era lo que pretendía. Roger procuró interesarla en sus investigaciones, alimentó su incipiente curiosidad y la alentó hasta el punto de que la muchacha le pidió más información. A continuación le trajo libros sobre la materia, y le tradujo el lenguaje técnico y ligeramente pomposo en palabras sencillas y llanas. Molly había bajado a cenar preguntándose cómo haría para pasar las larguísimas horas que faltaban hasta que se acostara: horas en las que no debía hablar de aquello que ocupaba en exclusiva su pensamiento, pues temía haber agotado ya a la señora Hamley en su tête-à-tête de mediodía. Pero las oraciones y el momento de irse a la cama llegaron antes de lo que esperaba; pensar en asuntos científicos le había despejado la cabeza, y se lo agradecía a Roger. Y ahora la esperaba un mañana, y una confesión de penitencia que hacerle a su padre.



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