Hijas y esposas
Hijas y esposas Pero el señor Gibson no querÃa palabras. Le disgustaba la expresión de los sentimientos, y también, quizá, consideraba que cuanto menos se dijera sobre un asunto en el que, evidentemente, su hija y él no estaban de acuerdo, mucho mejor. El señor Gibson leyó el arrepentimiento en los ojos de su hija; vio lo mucho que ella habÃa sufrido; y en su corazón sintió una aguda punzada de dolor. Pero no le dejó expresar su remordimiento por haberse comportado asà el dÃa antes, por lo que le dijo:
—De acuerdo, de acuerdo, ya está bien. Sé todo lo que quieres decirme. Conozco a mi pequeña Molly, mi tontuelilla, mejor que ella misma. Te he traÃdo una invitación. ¡Lady Cumnor quiere que pases el próximo jueves en las Towers!
—¿Quieres que vaya? —dijo ella con el corazón encogido.
—Quiero que tú y Hyacinth os conozcáis, que aprendáis a quereros la una a la otra.
—¡Hyacinth! —dijo Molly totalmente perpleja.
—¡SÃ, Hyacinth! Es el nombre más absurdo que he oÃdo nunca, pero es el suyo, y por él debo llamarla. No puedo soportar el de Clare, que es como la llama lady Cumnor y toda la familia de las Towers; y «señora Kirkpatrick» es muy formal e igual de ridÃculo, y además pronto cambiará de apellido.