Hijas y esposas
Hijas y esposas —Sà —dijo él, muy serio. Le agradaba que confesara con tanta naturalidad que habÃa tenido en cuenta su consejo, y hubiera actuado acorde con él. No era más que un joven, y se sintió sinceramente halagado; quizá eso le impulsó a darle otro consejo, esta vez acompañado de comprensión. No querÃa ganarse su confianza, cosa que, le parecÃa, podrÃa hacer fácilmente con una muchacha tan sencilla; simplemente deseaba ayudarla impartiéndole unos cuantos principios en los que él habÃa aprendido a confiar—. Es difÃcil —dijo—, pero con el tiempo hará que se sienta más feliz.
—¡No, no seré más feliz! —dijo Molly, negando con la cabeza—. La vida será insulsa cuando me haya matado, por asà decir, y viva sólo intentando ser y hacer lo que los demás quieren. No veo que esto vaya a acabar nunca. Mejor serÃa no haber vivido. En cuanto a la felicidad de la que habla, nunca volveré a ser feliz.
—TonterÃas, quizá dentro de un año esta prueba le parecerá muy poca cosa, ¿quién sabe?