Hijas y esposas
Hijas y esposas Molly había resistido todo el día valientemente; no había mostrado cólera, ni aversión, ni enojo, ni pesar; pero, cuando se halló de nuevo a solas en el carruaje de los Hamley, prorrumpió en un violento llanto, que continuó hasta que llegaron a la villa. Entonces intentó dibujar una sonrisa en su rostro y eliminar todos los demás signos de tristeza. Únicamente esperaba poder subir a su habitación sin que nadie la viera, y lavarse los ojos con agua fría antes de presentarse ante los demás. Pero, cuando el carruaje se detuvo en la puerta, se topó con el señor hidalgo y con Roger, que volvían de dar un paseo por el jardín, y, muy amablemente, se apresuraron a ayudarla a apearse. Roger comprendió enseguida la situación, y dijo:
—Mi madre lleva una hora esperándola.
A continuación la acompañó al salón. Pero la señora Hamley no estaba; el señor Hamley se había parado a hablar con el cochero de uno de los caballos; los dos estaban solos. Roger dijo:
—Debe de haber tenido un día agotador. He pensado en usted varias veces, pues sé lo embarazosas que son las situaciones así.
—Gracias —dijo ella con los labios temblorosos, y a punto de llorar otra vez—. Intenté recordar lo que me dijo, y pensar más en los demás, pero a veces es muy difícil. ¿Lo sabe, verdad?