Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Pero ¿cuáles eran los sentimientos de Molly ante las últimas palabras de su padre? La había alejado de casa por alguna razón que había guardado en secreto, pero que, sin embargo, había revelado a una extraña. ¿Habría una absoluta confianza entre ellos, y ella quedaría excluida para siempre? ¿Acaso todo lo que tuviera que ver con ella (aunque no supiera cómo) iban a discutirlo entre ellos en el futuro, sin decirle nada? Una punzada de celos le atravesó el corazón. Ahora tanto le daba ir a Ashcombe que donde fuera. Pensar en la felicidad de los demás antes que en la suya estaba muy bien; pero ¿no significaba eso renunciar a la propia individualidad, apagar todo su cálido amor, los deseos que la hacían ser ella misma? Sin embargo, todo su consuelo debía consistir en tal renuncia; o eso parecía. Errante en tales laberintos, apenas seguía la conversación; un tercero era «multitud», y entre los dos que eran compañía existía una absoluta confianza de la que el tercero quedaba excluido. Se sentía terriblemente desdichada, y su padre parecía no darse cuenta; tan pendiente estaba de sus nuevos planes y de su futura mujer. Pero en realidad sí se daba cuenta; lo sentía de verdad por su hijita; sólo que pensaba que, si no animaba a Molly a definir sus presentes sentimientos expresándolos en palabras, las posibilidades de mantener la futura armonía del hogar serían mayores. Su plan era reprimir las emociones para no delatar lo mucho que la comprendía. Sin embargo, cuando tuvo que marcharse, le cogió la mano a Molly y la retuvo, de una manera muy distinta a como había hecho la señora Kirkpatrick; y su voz ablandó a la niña cuando le dijo adiós y añadió las palabras (tan insólitas en él): «¡Dios te bendiga, chiquilla!».


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