Hijas y esposas
Hijas y esposas La cara de la señora Kirkpatrick se ensombreció. ¡Sólo con que Molly tuviera la bondad de volver a manifestarse en contra, como había hecho ante lady Cumnor! Pero, si la propuesta la hacía su padre, muy distinta había de ser su reacción que si procedía de una dama desconocida, por mucha alcurnia que tuviera ésta. Molly no dijo nada; sólo se puso pálida, y triste, y angustiada. La señora Kirkpatrick tuvo que intervenir.
—Sería un plan estupendo, solo que… ¡Bueno! Nosotras sabemos por qué preferiríamos no seguirlo, ¿verdad, cariño? Y no se lo diremos a papá, para que no se ponga fatuo. ¡No! Creo que ella debe quedarse contigo, querido, y tenéis que aprovechar estas últimas semanas que estaréis solos. Sería cruel llevarla conmigo.
—Pero, querida, ya te expliqué la razón por la que, en estos momentos, Molly no puede vivir en casa conmigo —dijo el señor Gibson, con impaciencia. Pues cuanto más conocía a su futura mujer más le parecía necesario recordar que, a pesar de todos sus defectos, se interpondría entre Molly y todos los señores Coxe que pudieran aparecer; de manera que siempre tenía presente la principal razón que le había empujado a dar ese paso, mientras que, al parecer, dicha razón había resbalado por la plana superficie de la mente de la señora Kirkpatrick sin dejar rastro. Pero ella, al ver el angustiado semblante del señor Gibson, la recordó.