Hijas y esposas
Hijas y esposas Luego vino el almuerzo, temprano; lady Cumnor tomó el suyo en la quietud de su habitación, en la cual estaba aún prisionera. En un par de ocasiones, durante la comida, a Molly se le ocurrió la idea que a su padre le desagradaba su papel de enamorado de mediana edad, que las cariñosas palabras e insinuaciones de la señora Kirkpatrick dejaban bien patente ante el servicio. El señor Gibson procuró apartar de la conversación cualquier sombra de rosado sentimentalismo, y ceñirla a lo que interesaba; y cada vez que la señora Kirkpatrick mencionaba algún detalle relacionado con la futura relación que iban a establecer las dos partes, él insistía en verlo desde una perspectiva más práctica; y así transcurrió la comida hasta que el servicio abandonó el comedor. Un viejo dicho que Molly conocía por Betty no dejaba de sonar en su cabeza, incomodándola: «Dos es compañía, tres son multitud». Pero ¿dónde podía ir, en aquella casa extraña? ¿Qué debía hacer? Salió de su ensimismamiento cuando su padre dijo:
—¿Qué opinas del plan de lady Cumnor? Dice que te aconsejó llevarte a Molly de invitada a Ashcombe hasta que nos casáramos.