Hijas y esposas
Hijas y esposas —Lo sé, y lo entiendo. SÃ: es con el ahora con lo que tenemos que enfrentarnos. No nos perdamos en metafÃsicas. —Molly puso unos ojos como platos al oÃr esa palabra. ¿HabÃa estado hablando de metafÃsica sin saberlo?—. Uno siempre espera toparse con una amalgama de dificultades, pero sólo se las encuentra una por una, poco a poco. ¡Oh, aquà está mi madre! Ella se lo explicara mejor que yo.
Y el tête-à -tête se convirtió en trÃo. La señora Hamley se tumbó; no habÃa estado bien en todo el dÃa (habÃa echado de menos a Molly, dijo), y ahora querÃa oÃr las aventuras que habÃa vivido en las Towers. Molly se sentó en un escabel cerca de la cabecera del diván, y Roger, aunque al principio cogió un libro e intentó leer para no entrometerse, pronto se encontró con que era incapaz; le interesaba mucho escuchar la breve narración de Molly, y, además, caso de que tuviera que darle algún consejo en un momento de necesidad, ¿no era su deber estar al corriente de todas las circunstancias del caso?