Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—No lo sé. A Phoebe una vez se le declararon y… —dijo la señorita Browning.

—¡Calla, hermana! Si vas a hablar de eso, podrías herir los sentimientos de alguna persona.

—¡Tonterías, chiquilla! De eso hace veinticinco años; y su hija mayor ya está casada.

—Reconozco que ese hombre no ha sido constante —intervino la señorita Phoebe con su voz suave y aflautada—. No todos los hombres son como usted, el señor Gibson… fieles a la memoria de su primer amor.

El señor Gibson puso una mueca. Jeanie fue su primer amor, pero su nombre jamás había sido pronunciado en Hollingford. Su esposa —buena, guapa, sensata, a la que había querido— tampoco fue su segundo amor; no, ni tampoco el tercero. Y ahora iba a confiarles que se volvía a casar.

—Bien, bien —dijo el señor Gibson—, en cualquier caso, me dije que tenía que hacer algo para proteger a Molly de tales amoríos siendo aún tan joven, y antes de haberle dado mi bendición. El sobrino de la señorita Eyre cogió la escarlatina…

—¡Ah! Qué descuidada he sido al no preguntar por él. ¿Cómo está la pobre criatura?

—Peor… mejor. Eso no tiene nada que ver con lo que he venido a decirles; el caso es que la señorita Eyre estuvo un tiempo ausente de mi casa, y no puedo dejar a Molly para siempre en Hamley


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