Hijas y esposas
Hijas y esposas —Molly no sabe nada del asunto. Ni siquiera se lo he contado a nadie, excepto a ustedes dos y a otra amiga. A Coxe le apliqué un severo correctivo, e hice todo lo posible para poner coto a su cariño, como él lo llama. Lo triste es que no sabÃa qué hacer con Molly. La señorita Eyre estaba fuera, y no podÃa dejarlos en la casa juntos sin la presencia de otra mujer mayor.
—¡Pero señor Gibson! ¿Por qué no nos la envió a nosotras? —le interrumpió la señorita Browning—. HabrÃamos hecho por usted todo cuanto estuviera en nuestra mano; porque le apreciamos, igual que apreciábamos a la difunta madre de Molly.
—Gracias. Sé que lo hubieran hecho, pero de nada habrÃa servido tenerla en Hollingford en plena efervescencia amorosa de Coxe. Por suerte, el señor Coxe se está recuperando a marchas forzadas. Ha recuperado, e incluso redoblado, su apetito, tras la inapetencia que tuvo a gala exhibir. Ayer se tomó tres raciones de pastel de grosella.
—Es usted de lo más generoso, señor Gibson. ¡Tres raciones! ¿Y toma carne en la misma proporción?
—¡Oh! Sólo se lo he dicho porque estos jóvenes generalmente van del apetito al amor y viceversa, y la tercera ración me pareció muy buena señal. Sin embargo, ya sabe, lo que ha pasado una vez puede volver a ocurrir.