Hijas y esposas
Hijas y esposas —Me temo que no puedo esperar a que escriba esa nota —dijo Roger—. Tengo que llevar un mensaje e irme a buscar a mi padre a la una, y ya no falta mucho.
Cuando se marchó, Molly se sentÃa tan eufórica ante la perspectiva de ir a Hamley Hall el jueves que apenas prestaba atención a lo que decÃan sus anfitrionas. Una de ellas se referÃa al bonito vestido de muselina que Molly habÃa enviado a lavar esa mañana y calculaba si estarÃa listo para que se lo pusiera ese dÃa; la otra, la señorita Phoebe, haciendo por una vez caso omiso de las palabras de su hermana, entonaba una melodÃa distinta, y cantaba las alabanzas de Roger Hamley.
—Un joven tan bien parecido, y tan cortés y amable. Como los mozos de nuestra juventud, ¿verdad, hermana? Y sin embargo todo el mundo dice que el más guapo es el señor Osborne. ¿Tú qué opinas, Molly?
—No he visto nunca al señor Osborne —dijo Molly, sonrojándose y odiándose por sonrojarse. ¿Qué le pasaba? Nunca le habÃa visto. Y era que su fantasÃa habÃa pensado demasiado en él.