Hijas y esposas
Hijas y esposas Se había ido; todos los caballeros se habían ido antes de que el carruaje que fue a recoger a Molly el jueves llegara a Hamley Hall. Pero Molly estaba casi alegre, aunque sintiera cierto temor a la decepción. Además, así tenía a la querida señora Hamley más para ella sola, y las dos ocuparon el sosegado lugar de la salita matinal, y hablaron de poesía y novelas románticas; el mediodía se paseaba por el jardín, donde resplandecían las flores de invierno y las gotas de rocío, posadas sobre las telarañas tendidas entre las flores escarlata y las azules, y de ellas a los pétalos amarillos y púrpura. Mientras almorzaban en el vestíbulo se oyó una voz masculina y unos pasos desconocidos; se abrió la puerta y entró un joven que no podía ser otro que Osborne. Era hermoso, de apariencia lánguida y casi tan frágil como la de su madre, a quien se parecía muchísimo. Esta aparente delicadeza le hacía parecer mayor de lo que era. Iba perfectamente vestido, aunque con suma naturalidad, como si no le diera importancia al atuendo. Se acercó hasta su madre y le cogió la mano, mientras sus ojos examinaban a Molly, no de manera descarada ni impertinente, más bien como si formara un juicio de valor.