Hijas y esposas
Hijas y esposas —SÃ… pero ¿cómo lo has sabido? Bueno, después de todo, venÃa a visitarte a ti. Oh, querida Molly, si no tienes prisa en irte a la cama, deja que me siente y te lo cuente todo, pues me entra un sofoco nada más pensar como me encontró. Ella (es decir, milady), dejó el carruaje en el George, y se fue a pie de compras, igual que hacemos normalmente tú y yo. Mi hermana estaba echando su cabezadita, y yo sentada con el vestido por encima de las rodillas y los pies sobre la pantalla de la chimenea, estirando el encaje de mi abuela que acababa de lavar. Pero aún no te he contado lo peor. Me habÃa quitado la escarcela, pues anochecÃa y pensaba que ya no vendrÃa nadie, y ahà estaba yo, sólo con mi redecilla negra de seda en la cabeza, cuando Nancy asomó la cabeza y susurró: «Hay una dama abajo, y por cómo habla yo dirÃa que es una auténtica milady», y aquà mismo entró lady Harriet, tan encantadora y hermosa que tardé algún tiempo en recordar que no llevaba puesta la escarcela. Mi hermana ni se despertó ni abrió los ojos. Dice que oyó que alguien se movÃa y pensó que era Nancy, que traÃa el té; pues milady, en cuanto vio la situación, se acercó a mà y se arrodilló sobre la alfombra, y me pidió perdón por haber seguido a Nancy hasta el piso de arriba sin esperar que le dieran permiso; y le gustó tanto mi encaje que me preguntó cómo lo lavaba, y quiso saber dónde estabas, y cuándo volverÃas, y cuándo volverÃa la feliz pareja: hasta que mi hermana se despertó (siempre está un poco ausente, ya lo sabes, cuando se despierta de la siesta), y, sin volver la cabeza para ver quién habÃa, dijo de manera un tanto desabrida: «¡Basta ya de cuchicheos! ¿Cuándo aprenderás que susurrar es más molesto que hablar en voz alta? Con tanta cháchara entre tú y Nancy no he podido pegar ojo». Ya sabes que eso no es cierto, pues estaba roncando tan fuerte como siempre. Entonces me acerqué a ella y le dije en voz baja: «Hermana, es milady, y he estado hablando con ella». Y ella me dice: «¡Milady, milady aquÃ! ¡Has perdido la razón, Phoebe, diciendo estas tonterÃas! ¡Pero si llevas puesta la redecilla!». En ese momento ya se habÃa incorporado, y vio a lady Harriet, con sus terciopelos y sedas, sentada en la alfombra, sonriendo; se habÃa quitado la capota, y su hermoso pelo relucÃa al resplandor de la chimenea. ¡Válgame Dios! Mi hermana se puso de pie de un salto, y empezó a excusarse por estar dormida; las palabras se le atropellaban, y yo me fui a buscar mi mejor escarcela, pues mi hermana bien podÃa decir que habÃa perdido la chaveta por ponerme a charlar con la hija de un conde tocada con una vieja redecilla de seda negra. ¡Y encima de seda negra! Bueno, de haber sabido que iba a venir, me habrÃa puesto la nueva, la de seda marrón, que estaba en el cajón de mi cómoda. Y, cuando volvÃ, mi hermana estaba pidiendo el té para milady… para nosotras, en fin. Y me puse a hablar con ella, y mi hermana fue a ponerse su vestido de seda de los domingos. Pero creo que cuando más a gusto estuvimos con milady fue cuando yo estiraba el encaje de mi abuela, tocada con mi redecilla. Y nuestro té la impresionó favorablemente, y nos preguntó que dónde lo comprábamos, pues nunca lo habÃa probado antes, y yo le dije que sólo nos costaba tres chelines y cuatro peniques la libra en Johnson’s. Mi hermana dice que le tenÃa que haber dicho el precio del que tomamos normalmente, que va a cinco chelines la libra, sólo que no era ése el que estábamos tomando en ese momento, pues la mala suerte hizo que se hubiera acabado, y milady dijo que nos enviarÃa un poco del suyo, que traÃan de Rusia o de Prusia, o de algún otro lugar remoto, y que lo comparáramos y viéramos cuál nos gustaba más, y que si nos gustaba más el suyo nos lo podÃa conseguir a tres chelines la libra. Y nos dio recuerdos para ti, y dijo que, aunque iba a estar fuera una temporada, te acordaras de ella. Mi hermana pensó que te entristecerÃa saberlo, y que no querÃa cargar con la responsabilidad de decÃrtelo. «Pero —dije yo— un recado es un recado, y si se entristece o no es cosa de Molly. Seamos un ejemplo de humildad, hermana, por mucho que hayamos gozado de tan ilustre compañÃa». Asà que mi hermana dijo que hiciera lo que quisiera, que tenÃa dolor de cabeza, y se fue a la cama. Y ahora dime, qué tienes que contarme.