Hijas y esposas

Hijas y esposas

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XV

EL martes por la tarde Molly volvió a casa, a una casa que ahora casi le era extraña. Recién pintada, recién empapelada, colores nuevos; ceñudas sirvientas vestidas con sus mejores galas que ponían objeciones a todos los cambios, empezando por la boda de su señor y terminando por el linóleo del vestíbulo, «que les hacía tropezar y nos les gustaba nada, y les daba frío en los pies y olía de manera atroz». Todas estas quejas tuvo que escuchar Molly, y no era un alegre preámbulo para el recibimiento que, en su opinión, tenía que ser magnífico.

Por fin se oyeron las ruedas del carruaje, y Molly fue a la puerta principal a recibirles. Su padre salió primero, y le cogió la mano y la retuvo mientras ayudaba a apearse a su mujer. A continuación besó a Molly cariñosamente, y se la pasó a su esposa; pero ésta llevaba el velo tan bien sujeto (como era pertinente) que transcurrieron unos minutos antes de que la señora Gibson tuviera los labios libres para saludar a su nueva hija. Luego hubo que encargarse del equipaje, lo que tuvo ocupados a los recién llegados, mientras Molly, a su lado, temblaba de excitación, incapaz de ayudar y consciente de las miradas atravesadas de Betty a medida que un montón de pesados arcones iban ocupando el pasillo.

—Molly, querida, enséñale su habitación a tu… madre.


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