Hijas y esposas

Hijas y esposas

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El señor Gibson había vacilado, pues no se había planteado la cuestión de cómo debía llamar Molly a su nueva esposa. Molly se ruborizó. ¿Tenía que llamarla «mamá», el nombre que durante mucho tiempo había dado, en su imaginación, a su difunta madre? Su espíritu rebelde se alzó contra esa idea, pero no dijo nada. Mientras la acompañaba al piso de arriba, la señora Gibson iba mirando por todas partes, dando órdenes referentes a qué bolsas o maletas le eran más necesarias. Apenas habló con Molly hasta que no estuvieron en el dormitorio recién amueblado, donde, por orden de la muchacha, se había encendido una pequeña lumbre en la chimenea.

—Y ahora, querida, abracémonos tranquilamente. ¡Ah, qué cansada estoy! —dijo tras haber cumplido con el abrazo—. Me afecta tanto el cansancio, aunque tu querido papá ha sido la amabilidad en persona. ¡Querida! ¡Qué cama tan anticuada! Y menudo… Pero eso no tiene importancia. Con el tiempo ya renovaremos la casa, ¿no es cierto, querida? Y esta noche tú me harás de doncella, y me ayudarás a ordenar unas cuantas cosas, pues este día de viaje me ha dejado destrozada.

—He ordenado que os prepararan algo de cenar —dijo Molly—. ¿Quieres que vaya a decir que la sirvan?


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